Enseñanza para la vida y no solo para exámenes

La escuela es uno de los principales agentes socializadores en los inicios de la vida. Si bien es cierto la familia es el primer lugar donde las personas comienzan a formar su carácter y experimentar el mundo, es en la escuela donde niños y niñas se exponen a experiencias que pasan del plano individual al…

La escuela es uno de los principales agentes socializadores en los inicios de la vida. Si bien es cierto la familia es el primer lugar donde las personas comienzan a formar su carácter y experimentar el mundo, es en la escuela donde niños y niñas se exponen a experiencias que pasan del plano individual al colectivo y que es propicio para prepararse para la adultez. Retomando la frase de John Dewey, filósofo, psicólogo y pedagogo norteamericano, “la educación no es una preparación para la vida, sino que es vida” y agregando una frase de Paulo Freire, brasileño educador y experto en temas de educación, “es imprescindible que la escuela incite constantemente la curiosidad del educando en vez de ‘ablandarla’ o ‘domesticarla’”, el presente escrito quiere destacar la importancia que tiene la escuela en no solo ser un recinto que desarrolle aptitudes, sino también actitudes e inteligencia emocional para enfrentar diversas vicisitudes, tanto positivas como negativas, a lo largo de la vida. Es decir, que la escuela debe ser un verdadero experimento social.

Una definición del pragmatismo subraya que la experiencia es la transacción en curso del organismo y su entorno; es decir, tanto el sujeto como el objeto se constituyen en el proceso. Esto se aplica al proceso educativo en los resultados positivos que se pueden obtener al combinar estudiantes de diversos contextos (en cuanto a clase social, lugar de origen, y otras características), para que experimenten opiniones diferentes a las propias. El proceso de aprendizaje debería ser un laboratorio en el que los alumnos se expongan a realidades diferentes a las del entorno en que nacieron y en el que se da la transacción del organismo y su entorno. Esto, sin duda, nos permitiría desarrollar mentes más abiertas y formar un propio criterio, viendo más allá de lo que padres y parientes enseñaron como moralmente correcto, y que ellos adquirieron por influencia de diversos medios, como la religión.

Muchos pensadores estadounidenses afirmaban, y es una de las definiciones de pragmatismo, que la verdad es lo que experiencia sostiene que es cierto. Sin embargo, la mayoría de jóvenes nos vemos forzados, tanto por la familia como en la escuela, a no explorar el mundo por nosotros mismos, a crecer y vivir con dogmas que los demás aceptan sin cuestionar. Y es acá donde debemos de ser rebeldes con causa y tomar las riendas de nuestras propias vidas para que el proyecto del pensamiento y experiencia nos permitan confirmar la “senda apropiada .

Uno de los principios básicos del pragmatismo es la libertad académica y de expresión, la primacía de la sociedad civil frente al Estado, la tolerancia, la vida humana como experimento social. Así, es imperioso que los centros de enseñanza se conviertan en una fuente para que los jóvenes podamos experimentar el mundo que nos rodea, en todas sus dimensiones, que los profesores utilicen la libertad de cátedra como una forma de generar un verdadero impacto en las vidas y mentes de sus alumnos y que así seamos capaces de adaptarnos a la realidad, lo cual muchas veces es obstaculizado por la religión que nos obliga a seguir como dinosaurios.

Que la escuela sea un experimento social implica también que debe facilitar que se experimenten democracia, justicia, tolerancia e igualdad. Toda la población, y en especial los jóvenes, nos vemos día a día expuestos a tantas inseguridades y problemas sociales y económicos que despiertan, de alguna manera, nuestro instinto de autodefensa e incluso emociones y acciones de negativas. Las escuelas bien pueden ser el espacio y la fuerza que regule las acciones de todas las mentes que asisten a ellas para crecer como futuros profesionales, quienes necesitan aprender no solo de matemáticas y lenguaje, sino también cómo perseguir sus deseos sin dañar a los demás, convivir en colectividad y cómo establecer leyes útiles a la sociedad. Las escuelas podrían implementar técnicas pedagógicas representativas de lo importante que es saber construir paz.

Al volver a mis tiempos de estudiante, de las lecciones más significativas que me dejó la universidad fue siempre buscar mi crecimiento personal sin dejar de lado las relaciones interpersonales. Aprendí que el éxito se disfruta más cuando se comparte con personas que se aprecian como hermanos y que nos complementan, ya que hasta antes de la universidad veía a mis compañeros como competencia en un juego de ganadores y perdedores. Fue gracias a la universidad que logré adaptarme a la realidad de compartir con los demás, sobre todo en un ambiente de inseguridad en el que era fácil quedarse en el camino hacia la meta, pues mi grupo de amigos se convirtió en mi apoyo en los momentos de caos y mis compañeros en los de alegría.

Por último, es de reconocer que actualmente el experimento social de las escuelas falla en cuanto a no hacer una invitación al diálogo interdisciplinario genuino, a la discusión crítica y al desarrollo de un pensamiento original e independiente. Y es por esto que, al salir al mundo real, la gran mayoría de los alumnos, en todos los niveles educativos, enfrentan dificultades para resolver conflictos en sus relaciones familiares y laborales, pues son incapaces de dialogar con personas con pensamientos diferentes y en contra de ellos. En vista de esas situaciones futuras, la escuela debería de ayudar a desarrollar habilidades de negociación, comunicación asertiva, inteligencia emocional y debate que serán de muchísima utilidad en la vida diaria de sus aprendices.

El rol que juegan la educación y las escuelas en preparar para la vida y formar ciudadanos en una democracia debe ser fortalecido y no menospreciado. La vida puede ser mejorada y estructurada por la escuela, como un laboratorio en el que se practique la democracia, diálogo, tolerancia a la diversidad, adaptación al cambio, libertad de expresión, amistad y mentes abiertas. Si bien es cierto cada persona siempre será utilitarista y buscará maximizar sus propios beneficios y placeres, la suma de todos ellos termina siendo el bienestar de la sociedad. Y es acá donde la educación puede guiarnos hacia un camino más pragmático que nos adapte a nuestra realidad, sobre todo en la época actual en que todo cambia tan rápido al ritmo de la tecnología. Las escuelas necesitan formar seres más humanos y con conciencia social; de lo contrario, el mundo estará perdido… ¿qué pasaría si surgen más y más líderes tóxicos como los que guían ciertas naciones hoy en día? La respuesta seguramente aterra solo con pensarla, pero aún estamos a tiempo de usar la imaginación, y motivar a todos los demás a usarla, para comenzar a hablar de manera diferente, despojarnos de los dogmas e iniciar la creación de mejores realidades y futuros mediante la experimentación y descubrimiento de lo que nos rodea.

Rovira (2016), en su publicación, ¿Qué es una buena escuela?, establece que “la palabra educar alude al hecho de conducir o guiar al individuo para que se desarrolle plenamente, es decir, dotarle a lo largo de la vida de las capacidades cognitivas, emocionales y sociales necesarias para que pueda imaginar y perseguir un proyecto de vida que considere valioso, y que le permita alcanzar el bienestar individual y contribuir con el bienestar social y comunitario”[1]. Personalmente, creo en un mejor El Salvador y siempre he confiado, por experiencia propia, que la educación es la clave para la superación personal, y con esta la felicidad, la autorrealización en las diversas áreas de la vida y la construcción de un país mejor, más justo y de oportunidades que solo puede ser logrado cuando todos aportemos a dicho fin.

______________________

[1] Fundación para la Educación Superior (2016) ¿Qué es una buena escuela? Una propuesta de índice de calidad escolar.

Tags:

Leave a comment